XVII Conversación Clínica del ICF-E. "Presencia del analista en la cura"

Entrevistas

Conversación con Óscar Ventura

Óscar Ventura, psicoanalista: "Tuve cuatro analistas y un solo análisis".

Por Marta Berenguer

Hay algunos axiomas del psicoanalista Jacques Lacan que a menudo se convierten en frases repetidas hasta el aburrimiento. Algunas de ellas tienen que ver con el tema que nos ocupa este año en la Conversación Clínica de Barcelona: la presencia del analista. Quizás una de las que más retumba es: "la presencia del analista, como semblante de objeto a". Pero ¿qué quiere decir eso? Si algo aprendí de la conversación con Óscar Ventura es que por mucho que uno lea e intente comprender, hay algo en la enseñanza de Lacan que siempre se escapa, y es sólo cuando algo de eso se encarna que se puede empezar a entender en su basta complejidad. "Tuve cuatro analistas y un solo análisis", nos cuenta. Sus palabras muestran bien que es el analizante el que hace el trabajo. Por supuesto, presencia del analista mediante, pero incluso las interpretaciones caen por cuenta propia. Asimismo los actos fallidos, que en el caso de Óscar son toda una enseñanza y activan a menudo la risa de quien le escucha. En una ocasión, estando en París después de una sesión, pidió al taxista con un decidido "5, Rue de Lille!" que le llevará a supervisar un caso. Por supuesto que en su consulta Lacan ya no estaba, pero esa manifestación del inconsciente fue un punto de viraje crucial en su experiencia de análisis. De ahí, sólo quedaba pedir el pase. De este y otros giros, dará cuenta en sus testimonios como Analista de la Escuela (AE) que realizará durante los tres próximos años. Bon Voyage!

Óscar Ventura
Óscar Ventura en las XV Jornadas de la ELP "Mujeres"

¿Qué le llevo a la consulta de un psicoanalista?

En Buenos Aires el psicoanálisis está muy presente, está encarnado en la cultura, en el discurso. En un momento determinado, a los 14 años, entre la salida de la pubertad y la adolescencia, me encontré con una analista kleiniana ortodoxa. Era un momento turbulento. Había perdido el rumbo, me había convertido en alguien errático, desorientado. En la segunda entrevista, me tumbó en el diván y desplegó la regla fundamental: "diga todo lo que se le ocurra". Me quedé mudo ante la sorpresa. Seguramente por el estado de angustia en el que me encontraba, yo no paraba de mover la pierna rítmicamente. De repente escuché la primera interpretación que tuve en mi vida, fue intempestiva: "su movimiento de piernas representa la práctica de la masturbación", -y siguió interpretando, una doble interpretación- "y ese movimiento de piernas tiene que ver con el fantasma que mi persona ha despertado hacia usted". ¡Me quedé impactado! Porque además era una tipa guapa, joven, inteligente. "¿Qué quiere de mí?", me preguntaba. A partir de esa interpretación se produjo un desplazamiento muy interesante. Uno de los primeros efectos fue desplazar el pathos de la muerte, sellado por el fantasma, a la pregunta por la sexualidad. Un experimento que salió bien.

¿Qué queda de esas primeras sesiones al final del análisis?

Creo que ahora puedo decir que ese análisis fue muy importante. Lo que a ese adolescente le faltaba era desplegar la palabra. Esta analista sabía hablar la lengua del Otro, el del adolescente que yo era. Supo maniobrar de la buena manera, a pesar de este comienzo fulminante. Gracias a ese análisis pude desplegar un montón de cosas, ella me ayudó a sostener mi pasión por la literatura, la escritura, el cine. Despertó mi interés por la literatura china. En fin, acompaño un buen despertar de la primavera que podría haber tenido un desenlace trágico. Recuerdo que en una sesión me dio un libro que se titula 'Una hoja en la tormenta', de Ling Yu Tang y que cuenta las vicisitudes de un soldado chino en la guerra chino-japonesa. Un libro que tuvo sin duda un impacto en mí. La metáfora es la hoja en la tormenta. Cuenta la historia de alguien que está desamarrado; que va de un lado para el otro, a partir de la desgracia, de la catástrofe, de la guerra. Ese regalo inició todo un interés, por ejemplo, por la literatura china. Otra de las cuestiones que se pudieron desplegar es que yo en ese momento estaba silenciosamente enamorado de una compañera de colegio y no encontraba la fórmula para acercarme y decirle algo. La analista me empujaba, de la buena manera, a poder desencadenar una conversación temprana con una mujer y cómo abordar ese universo que para mí era mágico y deseable. El encuentro con esa analista fue el puente que me permitió encontrar la incógnita, la primera pregunta, el primer encuentro con la ausencia de significación de lo femenino y de la sexualidad. A partir de ahí ya no abandoné nunca más el psicoanálisis.

En su primer testimonio usted escribe lo siguiente sobre el amor: "Fue la pura contingencia que me hizo encontrar a la mujer que hoy es mi compañera de viaje y madre de mis hijas. El amor por primera vez presentaba una autenticidad inédita". ¿Qué ocurrió a lo largo del análisis para que sucediera algo nuevo en el campo del amor?

Después de esta primera parte del análisis me queda un saldo terapéutico muy importante. Pero lo que no se toca para nada es la cuestión del fantasma. El funcionamiento de su estructura seguía sólidamente funcionando. Es decir, esa interpretación que yo le daba al mundo a partir de lo que para mi se inscribía en la dificultad de la separación del Otro. Una vez finalizado ese primer análisis, me encuentro un día con un libro que lleva por título 'Matan a un niño'. Ese libro, por decirlo así, me mira desde el escaparte de una librería, y lo compro sin pensar. Este tema da cuenta de lo que no había sido tocado, de lo que aún faltaba por recorrer. En mi caso, la relación de objeto había quedado sujeta a una cierta metonimia, una especie de farsa de don Juanismo en la que voy pasando de una mujer a otra sin solución de continuidad. Durante el segundo análisis esto tiene un cierto momento de agotamiento. Lo que estaba en juego era siempre el temor: "ella me puede dejar"; "ella me va a abandonar". Así, en las relaciones amorosas, yo precipitaba el corte, pero era el fantasma que interpretaba las cosas de esa manera. Este segundo análisis estuvo atravesado por lo turbulento de las relaciones amorosas: los celos, las infidelidades, los desencuentros. El no poder estar solo, en definitiva. Y fue, efectivamente, el hartazgo de la repetición, lo que hace alcanzar un límite.

Hasta que hace un acto fallido que usted mismo califica de "monumental".

Si, exactamente. En ese tiempo yo estaba con una partenaire, planeando un viaje. Tenemos una discusión sobre los detalles del viaje y mi acto, muy enfadado, fue llamar a una antigua amante, que tiene la particularidad y la buena fortuna de decirme: "¡No! Ya está, basta". Me ocupe entonces de la logística de todo ese viaje. Voy a la agencia de viajes donde se tenían que imprimir los billetes y cuando le doy el nombre del otro pasajero al agente, ¡le doy el nombre de la mujer que me había dicho que no! El tipo imprime los billetes a nombre de la otra. En un momento, hago ver este acto fallido a mi partenaire. ¡La separación fue fulminante! Y muy bien que hizo, tuvo un efecto de interpretación. En fin, toda una forma de esa mutación de la tragedia en comedia.

¿Qué quería decir ese acto fallido?

Me quedé con los billetes en la mano y me fui solo de viaje, tranquilo. La interpretación del analista estaba servida, me dijo algo así como: "bueno, por fin encontró la tranquilidad, encontró una forma de no estar atormentado por el objeto". Y efectivamente, esto abre una dimensión diferente en mi vida, donde por fin puedo estar sin mujeres, o más bien sin establecer falsas relaciones con ellas. En el intersticio de este espacio la contingencia más radical me hace encontrar una mujer que tiene una particularidad: no demandar casi nada, el casi es importante, sin duda. Es una mujer que tiene un grado de autonomía y muestra el deseo del Otro de una manera tan radical, que me sorprende. O tal vez estaba yo preparado de alguna manera para esa sorpresa. Una mujer que me dice: "ya nos llamamos; ya hablamos; veremos…". A esas alturas, una mujer así de decidida me parecía algo que era de otro orden. Tuve margen para maniobrar con la angustia que podía despertarme aquello. Me pareció muy interesante porque me empujaba a convocarla, no sólo por la relación al deseo; al cuerpo de una mujer; la sexualidad, sino que se abrió la posibilidad de establecer con ella una conversación. Fue la primera mujer de mi vida con la que no se trataba únicamente del objeto parcial, sino de entablar un modo de lazo sostenido en una conversación íntima, una cosa más bien del lado de la poesía que una mujer puede encarnar. Este encuentro tiene que ver con un cierto stop de la metonimia, con un punto de capitonado. Durante ese viaje en el cual me quedo solo, se establece un verdadero corte. Y eso produce algo de la serenidad. En cierto modo, fue un espacio de libertad, de hacer un poco lo que quería, de estar solo, sin mujeres. Hasta que vino una a perturbar esta tranquilidad, esta vez, de la buena manera. Pensé entonces: ¡con esta me quedo! Es necesario perder a las mujeres para encontrarlas.

De Paul Valéry siempre me retorna una frase que hace eco en lo profundo de la subjetividad: "Llevar una vida amargada lo puede cualquiera, pero amargarse la vida a propósito es un arte que se aprende". Probablemente también se desaprende, le agregaría yo en estos tiempos de mi vida

"Me tienen, nazco"*, fue una frase importante en su análisis. Su experiencia me hizo pensar en un texto maravilloso de Jacques-Alain Miller: 'La Salvación por los deshechos'. Él toma una cita de Paul Valéry y hace un despliegue magnífico que empieza por una frase interesante: "el descubrimiento freudiano, fue, como sabemos, primero el de los desechos de la vida psíquica, esos desechos de lo mental que son el sueño, el lapsus, el acto fallido y más allá, el síntoma. El descubrimiento también de que, de tomarlos en serio, y si les presta atención, el sujeto tiene la oportunidad de lograr su salvación". ¿A qué le resuenan estas palabras?

Esa referencia de Jacques-Alain es magnífica. La matriz del fantasma -y este es un momento crucial de mi análisis- me ubicaba en una posición melancólica, en una posición de objeto de deshecho del Otro, en el sentido de la constelación familiar en la que se había producido el fantasma en mi caso: "podrías no haber nacido". Ese equívoco: "me tienen asco" -que sólo se puede captar por el lado de la escritura- es impresionante porque me deja a merced de mi propia relación con la lengua, es esto lo que se pone en juego. Y produce un atravesamiento de esta posición melancólica, fijada como estaba en el fantasma, hasta desplazarme de ese sitio del objeto de deshecho, victimizado, para colocarme en un lugar muy diferente. Se produce una dilución del imperativo, es un desplazamiento de los dos afectos concretos que se ponían en juego ahí, y comienzan a funcionar de otra manera. Me las arreglo con ello. La angustia y la tristeza, que le daban aire al superyó, dejan de soplar en esa dirección.

Y gracias Marta por traer la referencia de Jacques-Alain Miller y de Paul Valéry. Son importantes para mí. A Jacques-Alain le debo haberme enseñado a leer a Lacan y a entender la lógica de una institución analítica. Sin él hubiese sido imposible. Y de Paul Valéry siempre me retorna una frase que hace eco en lo profundo de la subjetividad: "Llevar una vida amargada lo puede cualquiera, pero amargarse la vida a propósito es un arte que se aprende". Probablemente también se desaprende, le agregaría yo en estos tiempos de mi vida.

Darse cuenta, escuchar y leer ese equívoco, ¿cómo cambia su práctica analítica?

Fundamentalmente hago hincapié en este momento concreto, porque para mí es un momento privilegiado en el que puedo cernir un momento de pasaje de analizante a analista. Me enseñó cómo poder desplazarme de una práctica que hacia unos años que estaba demasiado concernida a la posición del Otro. El cuerpo se pudo desplazar de esa posición del Otro, a la posición de objeto en los dos sentidos: como objeto causa del deseo; pero también -y esto era fundamental en relación con el fantasma- convertirse, como analista, en un objeto de deshecho, en un trozo de papel y dejar que te tiren a la basura. Creo que este equívoco que vehiculiza lalengua fue un momento de encarnamiento de ese pasaje. Y es un momento concreto que puedo captar y formalizar. Creo que este es un punto interesante para que cada cual -sea el momento que sea en que esté de su análisis- empuje un poco para poder elaborar bajo qué tipo de causa alguien se autoriza a la práctica del psicoanálisis.

Una pregunta a modo de brújula.

En efecto, esta pregunta es siempre una brújula: ¿qué paso en mi análisis para que algo del orden del deseo del analista emerja? ¿Qué pasó para que algo de mi posición en las curas que dirijo se establezca de otra manera? Es muy interesante pensar esto en la medida que uno se sorprende por los efectos que se producen en las curas que dirige.

Uno puede tener la idea, puede estudiar, lo puede saber teóricamente, pero hasta que eso no se encarna verdaderamente, la episteme es como una especie de vacío, es un entender sin encarnar

¿Y qué pasó en su análisis?

Para mí, ese pasaje tuvo un efecto de tranquilidad. ¡Es totalmente pesado estar en el lugar del Otro! La liviandad de salirse de ese lugar para la práctica es fundamental. Antes de este momento, yo tenia cierta tendencia a colocarme en ese lugar del Otro, empujaba el acto hacía la explicación, a hacerme entender. De algún modo, estaba contaminado también por el temor a que el Otro me abandonara, a que se fuera. Lo que faltaba, antes de este momento de autorización propiamente dicha, era que eso se encarnara. Porque uno puede tener la idea, puede estudiar, lo puede saber teóricamente, pero hasta que eso no se encarna verdaderamente, la episteme es como una especie de vacío, es un entender sin encarnar.

Hacer semblante significa también una cierta adaptabilidad del analista en relación al sujeto que tiene enfrente

¿Cómo se sabe que eso se ha encarnado?

En mi caso, hay un momento que ubico en esta interpretación de la frase "me tienen asco", y entonces eso de golpe hizo ¡crac! A partir de ahí, apareció un momento magnifico, muy aliviador. Es gracias a este desplazamiento que uno aprende a hacer con los semblantes, hacer semblante de objeto es un efecto en el cuerpo. Aparece entonces la verdadera plasticidad en la dirección de la cura, donde el standard, el encuadre, el setting, no son lo importante. La cosa no se define por la fijeza de una posición o de unas reglas preestablecidas, sino por principios que sólo son posibles de encarnar a partir de una experiencia. Ninguna figura del Otro está concernida allí como orientación en la que uno podría ampararse.

El analista tiene que saber, mínimamente, cómo hacer de la buena manera en relación a quien tiene enfrente y eso no tiene otra lógica posible que la del uno por uno

Hacer semblante significa también una cierta adaptabilidad del analista en relación al sujeto que tiene enfrente. En ocasiones, en la cura, uno necesita hacer semblante del Otro también; puede haber sujetos que en determinado momento necesiten más bien una cuestión directiva; una explicación firme que viene más del lado del Otro, que del lado del equívoco o del medio-decir, un punto de capitón. Todos estos actos tienen una gran plasticidad y están atravesados por la cuestión del semblante. Pero una cosa es hacerlo y pensarlo, estar advertidos de ello, y otra muy distinta es encarnarlo. En mi caso puedo ubicar esto como lo que me permite maniobrar en la experiencia. Es efecto de una ascesis del fantasma -hasta donde he podido realizarla-, de un vaciamiento en el tiempo en que uno escucha como practicante del psicoanálisis. Sin duda este fue para mí un momento de pasaje que esclarece completamente la posición del cuerpo en la consulta. Y deja al cuerpo más liviano, sin el exceso del Otro. Dejarse usar, dejarse arrojar a la basura, convertirse en un objeto de desecho, pero como instrumento. El analista tiene que saber, mínimamente, cómo hacer de la buena manera en relación a quien tiene enfrente y eso no tiene otra lógica posible que la del uno por uno. Para mí, aquí se ponía en juego una de las partes más complicadas porque hay un corte que implica la separación, la buena forma de desprenderse, la buena forma, por ejemplo, de dejar ir al sujeto cuando clínicamente eso es lo apropiado. En fin, también de persuadirle de que aún no. Todo eso es posible cuando uno está, en la medida de lo posible, desembarazado de ese pesado aparato que es el fantasma. Es un antecedente lógico para darle lugar a una clínica que va del sujeto al parlêtre.

Insisto, el control se inscribe como cuestión fundamental de la formación del analista. Y va, por supuesto, más allá del fin del análisis. Se haya hecho el pase o no

¿Ese pasaje cambia también el control de los casos clínicos?

El control es, sin duda, una necesidad lógica en psicoanálisis, lo que se controla es el acto analítico. La pregunta es: ¿dónde estoy yo para este sujeto? ¡Por supuesto que sigo controlando los casos! Que uno haya terminado el análisis y haya hecho el pase, de ninguna manera es un seguro ni una vacuna. Responde a la lógica del discurso analítico, requiere no abandonar la formación ni el control. Hay sorpresas en la dirección de una cura para todos los practicantes, pienso, de las buenas y de las no tan buenas. La conversación que implica el control siempre es una reubicación del acto analítico y del deseo del analista. La conversación del control implica esta verificación del acto que uno produce, también sobre uno mismo, eso tiene efectos sobre uno mismo. No hay que perder la brújula de lo que uno esta haciendo. Insisto, el control se inscribe como cuestión fundamental de la formación del analista. Y va, por supuesto, más allá del fin del análisis. Se haya hecho el pase o no. Eso es indiferente a la práctica del control.

¿En su testimonio de pase en Barcelona comentó algo interesante: "tuve cuatro analistas y un solo análisis". ¿Qué quiere decir con eso?

Sí, es una idea que aparece après coup. Pensar el análisis, más allá de los analistas que uno ha tenido. Las discontinuidades del analizante. En el debate del testimonio en Barcelona, podía rescatar esto a raíz de algo que puntualizó Hebe Tizio sobre la función del analista como instrumento: el analista como un instrumento que se ofrece a la experiencia, inclusive a la discontinuidad de la experiencia. Aunque sea con el mismo analista hay pacientes que van haciendo distintos ciclos, distintos tracks. Ahí se ve como el analista es, en determinados momentos, un instrumento para reducir las condensaciones de goce. También se puede pensar esto para los momentos de urgencia. En cada momento el analista se deja usar, se convierte en un instrumento para dar una vuelta más sobre la sustancia gozante del analizante y sus destinos. En mi caso, no es tan importante la serie de analistas -en mi historia fueron cuatro- sino más bien la posición que cada uno de ellos tuvo y los recursos que encontré en cada uno de los momentos de mi recorrido analítico. Es decir, cómo me pude servir de esto, cómo me pude servir de la presencia de estos analistas.

Es interesante porque en cierto modo desidealiza un poco la figura del analista en el sentido que, bueno, finalmente, el que hace el trabajo es el analizante.

Efectivamente, finalmente, ¡incluso la interpretación es de uno! Sin duda la presencia del analista es fundamental para que haya análisis, esto es así, pero en momentos puntuales de los análisis, en momentos clave, la cuestión es servirse de eso de la buena manera, tiene que haber el analista que lo consienta, en eso tuve suerte. Y creo que eso no tiene tanto que ver con las intervenciones de ese analista en concreto, sino con la elaboración que uno produce o hace de esa presencia. De qué manera esa presencia -si está ubicada de la buena manera- permite al analizante hacer el trabajo. Al fin y al cabo es el analizante que uno fue, es precisamente eso lo que ha permitido poder destacar estas piezas sueltas del testimonio. En cada análisis hay un punto concreto de vaciamiento, de viraje, un punto de rectificación que hace avanzar al sujeto más allá del analista mismo, uno no lo percibe inmediatamente. Y, sí, ciertamente es un punto interesante, un punto de desidealización del analista que nos sirve para entender -como decía Hebe- la clínica del parlêtre, en este mundo tan extraño y tan fascinante a la vez que nos toca vivir. El analista muta con la época hasta cierto punto, creo, hay principios que fundan la experiencia, sino dejaría de existir el psicoanálisis.

¿Cómo se dio cuenta en su caso que el análisis había llegado a su fin? ¿Y por qué decide hacer el pase?

El pase para mi tiene una significación histórica. Siempre me ha interesado la historia del psicoanálisis. Creo que el pase es algo que ya estaba inscrito en esa historia. Lo que Lacan hace es la formalización lógica del procedimiento, así como su articulación institucional. Seguramente me extenderé sobre esto en el transcurso del tiempo que me toca ser AE. Yo entré a la Escuela por el pase. Hice el pase a la entrada. En ese momento, para mí era el dispositivo más apropiado para la organización y el reclutamiento de los analistas. El pase a la entrada me sirvió mucho porque fue una reorganización de la cura y de mi práctica. En aquel momento yo podría, probablemente, haber entrado a la Escuela por el trabajo, por el currículum, por las entrevistas, pero finalmente decidí hacerlo por el pase mismo. Para mí fue la buena fórmula, un modo de primer atravesamiento de la experiencia. Así que entré a la Escuela por el pase y salí del análisis por el pase. 

Otra cosa es presentarse concretamente al dispositivo al final. Creo que esto se desprende un poco de mi propio análisis, como una cierta necesidad lógica de mi caso. Puedo ilustrarlo, aunque la ilustración nunca es suficiente. En un momento, cometo un acto fallido en el que vuelvo a experimentar otra vez el campo de la soledad, el campo del abandono del Otro, el campo en el que la repetición retorna bajo el enunciado falso de que Otro me deja solo, puede desaparecer. Puedo desaparecer. En fin, todas las declinaciones del "pueden perderme".

¿Nos cuenta ese acto fallido?

Estoy en París y salgo de una sesión de análisis. Me voy a supervisar a la consulta de una colega que vive en 5, Rue de Assas y cuando entro en el taxi le digo al taxista: "5, Rue de Lille!". Me iba derechito a la consulta de Lacan. Cuando me doy cuenta, la sorpresa es impresionante. Iba, como último intento del sujeto que resiste a lo real, aún, en busca del Otro del Otro. Pero este, afortunadamente, es un momento de Witz, de chiste, de buen equívoco. Esta secuencia del último análisis fue una de las cosas que me empujaron a hacer el pase y, en su transcurso -sabía que más allá de si era nominado o no-, me iba a permitir de una vez para siempre encontrar una enunciación que estuviera fuera de la tragedia. Poder hablar de otra manera. Eso significaba hacerlo en la Escuela. Esta transformación de la tragedia en comedia, me despierta y produce en mí un entusiasmo diferente, algo en el cuerpo que se vivifica de una manera muy fuerte. Después del pase lo que queda es hablarle al Otro de la Escuela, que no es el Otro del Otro. Sino un Otro agujereado al que uno va bordeando con sus recursos, más o menos como puede, sea o no sea AE, ya que, menos mal, el grado es transitorio. La cuestión, en el fondo, es cómo, entre todos en la Escuela Una, hacemos vivir el psicoanálisis. Y nos vamos haciendo soporte de su existencia en cada momento y en cada época, permutándonos en un sentido amplio del término. Esto es para mí el corazón de la experiencia del pase.

* Homofonía entre: "Me tienen, nazco" y "Me tienen asco".


Óscar Ventura es psicoanalista en Alicante, miembro de la ELP y la AMP, nombrado AE en septiembre de 2016.

Marta Berenguer es periodista, socia de la sede de Barcelona de la Comunidad de Catalunya de la ELP.

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